Según el relato bíblico, al principio eran las tinieblas, y luego se hizo la luz. Los físicos, en su mayoría, admiten que todo el universo tiene su origen en un instante preciso del pasado, en un momento concreto situado entre hace diez mil y quince mil millones de años. Antes no existía ni el espacio ni el tiempo, los cuales surgieron bruscamente de la nada. No surgieron de la oscuridad, como indica el relato mítico, dado que antes de ese instante no había tampoco tinieblas; antes no era la luz ni la ausencia de luz.
Semejante teoría, aplicada a la génesis de la luz, la prima materia de la pintura, contiene evidentes contradicciones; no de índole científica, pues el arte no es una ciencia y no tiene por que dar cuenta de la realidad, sino del sentimiento.
La falta de esta explicación es de índole poética, porque la poesía es la ciencia de las emociones: la luz no existió verdaderamente antes de ser percibida por la retina, de hacerse impresión en los receptores visuales, de ser imagen, sensación, memoria, en los centros nerviosos, huella en las paredes de la caverna matriz, donde el primer pintor anónimo representó el mundo marcando la roca con la tinta de sus dedos, en la materia del lienzo y en la de sus propias neuronas: No había luz, no podía haberla, no había nadie que la viese. Porque la luz es mucho más que una forma de radiación o de energía. Cuando hablamos de luz estamos hablando de miradas.
La contemplación, cuando esta mirada se hace atenta y con la imaginación abierta, los cuadros de Guillermo Pedrosa nos devuelven a ese instante feliz de la génesis de la pintura, del principio de la luz consciente: a la interfase, frontera no del todo definida entre la materia y la forma. Entre el pigmento, la sustancia de la luz reflejada, y la presentida y aún no perfecta –o sea terminada- consistencia de las cosas. Los colores y las formas se mezclan en estos lienzos para hablar de ellos mismo, mejor; para hablar entre ellos. Parafraseando a Julio Cortázar, cerrando un ciclo fatal y necesario, el de la luz volviendo a hablar de la luz hecha luz todos los fuegos el fuego. Me atrevería a decir que la pintura de Pedrosa es un viaje al corazón de la luz, de la misma forma que en la inmortal obra de Conrad el río es un viaje, que resume todos los viajes hacia el ser más íntimo de la oscuridad.
En otros pintores la luz es condición o herramienta de la pintura, pero pocas veces, como en la obra de Pedrosa, es la luz el sujeto mismo de la pintura. Pocas veces tiene tan poco sentido el discutir entre abstracción o figuración, por cuanto esta obra trasciende el episodio en sí, y la recurrente polémica antedicha no deja de serlo. Hay en estas pinturas una búsqueda de la luz esencial de las cosas. Liberados de la representación, los colores del artista se sumergen en la recreación del mundo. Así como la esencia de la literatura, la huella más profunda de las palabras difícilmente se puede traducir en imágenes, si acaso, la naturaleza más íntima de los colores huye de las referencias inmediatas, o simplemente no se agota en ellas.
Otros analistas de la obra de Pedrosa, señalan su camino de sustracción formal, de depuración expresiva, pero aún que coincida con ellos es necesario insistir en la materialidad de su pintura, materialidad que no se opone a lo espiritual sino que lo encarna, materialidad que se hace evidencia y huye de la metáfora. Creo que Pedrosa no hace meta pintura, por más que nombres como los de Zóbel o Turner, por citar dos que se me vienen a la cabeza al contemplar su obra, muestren semejanzas con sus cuadros. Significa simplemente, que todos anduvieron caminos parejos, que indagaron cada uno a su manera, en lo profundo de sí, en su paisaje vital, en su horizonte, en su luz.
“Es cierto que no sé escribir, pero me escribo a mí mismo”, son palabras de Juan Carlos Onetti. “Lo que vieron mis ojos fue simultaneo: lo que transcribiré sucesivo, porque el lenguaje lo es” -anota Borges- “Algo, sin embargo recogeré”. Vayan los paralelismos: entiendo, o presiento que para el análisis de estas pinturas no vale nuestro viejo sistema dualista, las nefastas y limitadoras antítesis: dia-noche, claro-oscuro, figuración-abstracción... Y así cerramos el ciclo, porque cerrar un circulo siempre es abrir otro: de la misma manera que en la mecánica cuántica o en la astrofísica, con la que comenzamos estas notas, no hay sistemas de referencia absolutos aparte del observador. Tampoco para estos cuadros hay una explicación aparte, son muestras de una sensibilidad más radical en su sentido etimológico: están más en la raíz de las cosas y no están en los cuadros; en la atmósfera, en la humedad, en la luz, en el fango o en el magma primigenio del que todos somos parte.
Una voluntad de lo sustantivo recorre la obra de Guillermo Pedrosa. Pintura de eliminación de lo adjetivo, de profundización en el sustrato -etimológicamente la capa inferior, la más antigua- en lo íntimo, en la raíz desnuda de la recreación visual que no llega. Insisto en la abstracción, por cuanto consigue un meritorio equilibrio entre la forma y su negación, entre la presencia y la ausencia, en una perpetua dialéctica de cristalización-disolución-recristalización tan vieja y tan nueva como el mundo, mundo universo y al tiempo, diverso.